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Acontecimientos de la irrealidad inmediata - La guarida iluminada (diario de sanatorio)

Max Blecher
Traducción del rumano de Joaquín Garrigós Bueno
Valencia, febrero 2007

 
Encuadernación rústica
170 x 240 mm.
 
 

Comentario de la editorial

Hay vida cuando el sentido muere. Vida sorprendente y plena; vida de sensibilidad henchida, de palabra precisas y minuciosas, de torrente de imágenes brillantes e inefables que discurren en la suave melancolía de una ternura que llueve sobre flores y pústulas.
Esta vida inocente y cálida, rica en cachivaches, en lugares olvidados, en olores acres, en niebla y polvo, en piedra y barro; en una palabra: inútil, se despliega ante nosotros sin dejar nunca de maravillarnos, como una piedra preciosa cuyas facetas nos invitasen sin remedio a recorrerlas una a una, deteniéndonos a paladearlas por temor a que alguna vez cesase el placer de su extraña luz y quedásemos huérfanos de mundo, retornando al infierno de la estupidez.
Max Blecher nos ha legado todo esto y mucho más. Sus obras, que permanecieron sepultadas por el injusto olvido y la brutalidad, renacen hoy ante nosotros en este libro, en este jardín de flores raras y exquisitas, al que la editorial Aletheia nos invita.
Cuando algún ser nuevo aparece, se trazan semejanzas con lo ya sabido para domesticar la fascinación y el asombro, para que el sonámbulo siga su curso. Se ha comparado la obra de Max Blecher con los artefactos del surrealismo o con la viscosa presencia del ser del existencialismo, se le ha llamado el Kafka rumano y no seremos nosotros quienes neguemos las posibles semejanzas. Sólo invitamos a ir más allá de las consignas para descubrir la mirada única que ordena el mundo en su gozoso sinsentido y que en justicia  sólo corresponde a Max Blecher.
El milagro que destilan estas páginas radica en la celebración de la inocencia del mundo cuando la mirada clara y decidida de Blecher se ha resuelto a levantar acta de su deslumbrante inutilidad. Una extraña libertad inunda el alma al descorrerse el velo de los para qués y de los porqués, cuando las cosas se petrifican y se declaran cerradas e infinitamente visibles. En Blecher, las cosas se muestran cerradas no como un desafío o un insulto al entendimiento, ni para recordarnos la vanidad de nuestros fines,  No, el mundo no es obstáculo, el mundo es, de un  modo flotante y ligero, una inmensa caja en la que un niño guarda los más preciados tesoros: telas raídas, olores asfixiantes, árboles con cabezas desmesuradas, fantasmas de barcos, cadáveres, figuras articuladas de cera, barro y más barro…
Al petrificarse el mundo, al ser una continua emanación del barro, se desarticula y se muestra más real que la realidad, más inmediato que la embotada inmediatez común que todo lo adocena y lo vuelve romo. Las cosas revelan sus deliciosos caprichos, sus infinitas líneas convergentes y divergentes, las  semejanzas ocultas  que sólo la mirada del poeta  hace trasparentes y milagrosas.
Una terrible nostalgia de este mundo verdadero, un cierto desaliento se apodera del lector cuando retorna de este hermoso libro a la opacidad del mundo de los ciegos, a un mundo abarrotado de tanto sentido que no permite ya ver nada. ¿Cuál será el secreto para permanecer en el mundo de Max Blecher y transfigurar el universo, en cada mirada, al modo de este poeta? Lo ignoro, pero creo tener algún indicio de lo que fue este glorioso profeta del barro en su breve paso por la tierra. Un ser de una inteligencia prodigiosa, de una sensibilidad extrema  y cálida y, sobre todo, de una generosidad inaudita. ¿Qué prodigios nos hubiera regalado, si no se hubiera fundido de nuevo, tan pronto, tan estúpidamente pronto, con el barro originario? Pero probablemente no somos buenos discípulos de Blecher y olvidamos que las cosas sólo tienen la lógica de ser y nos invitan a abrir bien los ojos para acariciarlas.
Sólo me queda repetir asombrado las palabras que despidieron esta vida y esta obra únicas, pues en ellas creo ver la cifra de quien se encarnó en esta gran alma:
“Que paseen por donde haya flores, que cojan flores. Y de mí, olvidaos. Y me olvidaréis. Vale más llorar junto a una tumba que compadecer a un enfermo.”

 Antonio Palao

 

       
 
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