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Comentario de la editorial
Hay vida cuando el sentido muere. Vida sorprendente y
plena; vida de sensibilidad henchida, de palabra precisas y minuciosas, de
torrente de imágenes brillantes e inefables que discurren en la suave
melancolía de una ternura que llueve sobre flores y pústulas.
Esta vida inocente y cálida, rica en cachivaches, en lugares olvidados, en
olores acres, en niebla y polvo, en piedra y barro; en una palabra: inútil,
se despliega ante nosotros sin dejar nunca de maravillarnos, como una piedra
preciosa cuyas facetas nos invitasen sin remedio a recorrerlas una a una,
deteniéndonos a paladearlas por temor a que alguna vez cesase el placer de
su extraña luz y quedásemos huérfanos de mundo, retornando al infierno de la
estupidez.
Max Blecher nos ha legado todo esto y mucho más. Sus obras, que
permanecieron sepultadas por el injusto olvido y la brutalidad, renacen hoy
ante nosotros en este libro, en este jardín de flores raras y exquisitas, al
que la editorial Aletheia nos invita.
Cuando algún ser nuevo aparece, se trazan semejanzas con lo ya sabido para
domesticar la fascinación y el asombro, para que el sonámbulo siga su curso.
Se ha comparado la obra de Max Blecher con los artefactos del surrealismo o
con la viscosa presencia del ser del existencialismo, se le ha llamado el
Kafka rumano y no seremos nosotros quienes neguemos las posibles semejanzas.
Sólo invitamos a ir más allá de las consignas para descubrir la mirada única
que ordena el mundo en su gozoso sinsentido y que en justicia sólo
corresponde a Max Blecher.
El milagro que destilan estas páginas radica en la celebración de la
inocencia del mundo cuando la mirada clara y decidida de Blecher se ha
resuelto a levantar acta de su deslumbrante inutilidad. Una extraña libertad
inunda el alma al descorrerse el velo de los para qués y de los porqués,
cuando las cosas se petrifican y se declaran cerradas e infinitamente
visibles. En Blecher, las cosas se muestran cerradas no como un desafío o un
insulto al entendimiento, ni para recordarnos la vanidad de nuestros fines,
No, el mundo no es obstáculo, el mundo es, de un modo flotante y
ligero, una inmensa caja en la que un niño guarda los más preciados tesoros:
telas raídas, olores asfixiantes, árboles con cabezas desmesuradas,
fantasmas de barcos, cadáveres, figuras articuladas de cera, barro y más
barro…
Al petrificarse el mundo, al ser una continua emanación del barro, se
desarticula y se muestra más real que la realidad, más inmediato que la
embotada inmediatez común que todo lo adocena y lo vuelve romo. Las cosas
revelan sus deliciosos caprichos, sus infinitas líneas convergentes y
divergentes, las semejanzas ocultas que sólo la mirada del poeta
hace trasparentes y milagrosas.
Una terrible nostalgia de este mundo verdadero, un cierto desaliento se
apodera del lector cuando retorna de este hermoso libro a la opacidad del
mundo de los ciegos, a un mundo abarrotado de tanto sentido que no permite
ya ver nada. ¿Cuál será el secreto para permanecer en el mundo de Max
Blecher y transfigurar el universo, en cada mirada, al modo de este poeta?
Lo ignoro, pero creo tener algún indicio de lo que fue este glorioso profeta
del barro en su breve paso por la tierra. Un ser de una inteligencia
prodigiosa, de una sensibilidad extrema y cálida y, sobre todo, de una
generosidad inaudita. ¿Qué prodigios nos hubiera regalado, si no se hubiera
fundido de nuevo, tan pronto, tan estúpidamente pronto, con el barro
originario? Pero probablemente no somos buenos discípulos de Blecher y
olvidamos que las cosas sólo tienen la lógica de ser y nos invitan a abrir
bien los ojos para acariciarlas.
Sólo me queda repetir asombrado las palabras que despidieron esta vida y
esta obra únicas, pues en ellas creo ver la cifra de quien se encarnó en
esta gran alma:
“Que paseen por donde haya flores,
que cojan flores. Y de mí, olvidaos. Y me olvidaréis. Vale más llorar junto
a una tumba que compadecer a un enfermo.”
Antonio
Palao
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