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Desde hace dos mil años

Mihail Sebastian

Traducción del rumano de Joaquín Garrigós Bueno

Valencia, enero 2009

 
Encuadernación rústica
170 x 240 mm.
 
 

Comentario de la editorial

Dos mil años de matanzas, de persecuciones, de expulsiones, de huidas, de calumnias, de dolor, de melancolía, de guetos… Mihail Sebastian escribe sobre el pueblo judío y, sobre todo, escribe sobre el terrible enigma que arrastra de siglo en siglo, de lugar en lugar. 

Un pasado terrible y sombrío persigue a las religiones del Libro. Resulta estremecedor leer la frase que san Agustín pronunciase en Cesárea en el 418: Persigo abiertamente porque soy hijo de la Iglesia, cuando un siglo antes Lactancio, célebre escritor cristiano, escribía en su Institutiones: Sólo en la religión anida la libertad, pues ante todo atañe al libre albedrío. 

Algo muy semejante ocurre con el contraste violento entre el tiempo en el que se escribió Desde hace dos mil años y el tiempo de hoy. El tiempo en el que nació este libro fue un tiempo de persecución, de antisemitismo brutal, de abierta hostilidad hacia los judíos; un tiempo semejante al de Lactancio en relación con los primeros cristianos. 

Sin embargo, si del ejemplo de los cristianos, del áspero contraste entre Lactancio y Agustín, somos capaces de extraer lección –lección sobre la naturaleza engañosa y olvidadiza de los humanos– podremos acercarnos a este libro sin dificultad, un libro que nos asegura que no existe ningún Pueblo Elegido. 

No hay Pueblo Elegido ni para el sufrimiento, ni para el Reino del Ungido; sólo hay pueblos y religiones víctimas de la hostilidad circunstancial del poderoso de turno. 

Tras Auschwitz, tras la Devastación, la hostilidad circunstancial de la que hablamos se ha convertido en un monstruo, en un monstruo de tal magnitud que hace imposible una condena proporcionada. Lo que estaba en juego en el antisemitismo mostró ser tan inefablemente horrible, que hoy no podemos leer las declaraciones antisemitas de algunos personajes de este libro y, sobre todo, el grito: ¡Muerte a los judíos!, que circula por el texto como un continuo puñetazo mental, sin sentir el escalofrío de la noche y la niebla eternas.

Pero Auschwitz va más allá del antisemitismo. Auschwitz es también símbolo de las matanzas genocidas que han sembrado la historia de los humanos y, por ello, el análisis, en la medida de lo posible, de sus causas afecta y afectará a la dilucidación de las miserias de la humanidad. 

El libro de Mihail Sebastián es, a este respecto, brillante e impecable: es solar, abierto al sol por todas sus ventanas. El libro se encuentra todo él transido por un aliento ecuánime e insobornable, que mira cara a cara a los humanos sin engaños, con desasimiento, desde un continuo esfuerzo por una soledad interior, soledad que para el autor no es sino respeto del otro y deseo de huir de toda identificación narcotizante. 

El secreto de la claridad del texto reside en una lucha interior: Si les dijera que yo también tengo mis fantasmas no me creerían. La diferencia entre nosotros reside solamente en que ellos estimulan sus propias fiebres, mientras yo vigilo las mías. 

Y tras la vigilancia de los propios fantasmas encontramos una hermosa mirada sobre el mundo, una mirada consagrada a la claridad y, también, a un paisaje: el Danubio. Mi suerte ha sido crecer junto al Danubio, donde el último barquero, al manejar el remo, maneja un instrumento de permanente confirmación. No conozco barqueros inspirados sino sólo atentos. Dos docenas de intuiciones nebulosas no valen, en el Danubio, ni lo que un adarme de decisión clara. 

Si no me asustase una meditación interior demasiado larga, trataría de precisar en qué medida soy un hombre del Danubio antes que cualquier otra cosa. 

Esta es la única identificación que se permite el autor, una identificación a una forma de vida y a un paisaje. Cualquier otra forma de identidad es peligrosa y, sobre todo, la que viene de la mano de los símbolos: Creo que nunca he tenido miedo de las personas y las cosas, sino únicamente de las señales y los símbolos. 

¿De qué símbolos se trata? El paradigma de símbolo que perturba la memoria de Mihail Sebastian es una sombra nocturna que altera el reposo en su infancia –la sombra de un chopo que invadía su habitación en las noches de verano–. Sombras nocturnas, quizás fantasmas, fiebres, vampirizando las vidas de los distintos personajes que desfilan por el libro: la Nada del nihilista, la Revolución del marxista, la Patria del fascista antisemita, la Evidencia del racionalista y finalmente, pero sobre todo, la Tragedia del judío. 

Cada personaje y cada fiebre son analizados con jovial precisión, pero en el análisis del judío hay un atento y constante esfuerzo por aquilatar la causa última de los dos mil años de sufrimiento. El basso ostinato del libro lo constituye la exposición y análisis de distintos personajes de aquellos tiempos relacionados con la cuestión judía: el antisemita visceral y el argumentativo, el sionista que va o viene de Palestina, el judío marxista que ve en el futuro Estado de Israel una estrategia puntual del imperialismo británico –hoy americano– por asegurar un área estratégica junto al Canal de Suez –hoy Oriente Medio–, el librero yiddish que atesora la larga y melancólica tradición del gueto, el relojero hacendoso que va del taller a la sinagoga y de la sinagoga al taller con el mismo empeño y, finalmente, el más querido, el que se ha confundido con la tierra y el paisaje: la serena y firme familia paterna de Mihail Sebastian que brotó, creció y floreció junto al Danubio. 

Mihail Sebastian escucha todas estas voces y mira tras ellas y ve algo muy parecido a lo que Freud viese en su última gran obra: Moisés y la religión monoteísta, en relación con el pueblo judío: la identificación melancólica de un pueblo con el objeto dejado caer, con el objeto rechazado. Aquí es donde Sebastian parece perder la serenidad y denuncia la impostura: la voluptuosidad del melancólico, su inclinación mórbida por la tragedia, su insufrible falta de serenidad ante la perdida natural. Él, el hombre del Danubio, el amante del sol y de la soledad, no puede transigir con la complicidad del melancólico con su verdugo. 

Esta es, a su juicio, la auténtica causa del antisemitismo: Lo que cambia en el antisemitismo, como fenómeno eterno, es el plano en el que se manifiesta y no sus causas primarias. Los puntos de vista, sí, son otros, siempre distintos, pero la esencia del fenómeno es siempre la misma, la obligación judaica de sufrir. 

El plano al que Mihail Sebastian hace referencia es el del distinto tablero en el que, a lo largo de dos milenios, se ha jugado el poder –el de la religión, el de la política e incluso, bromea, el plano posible de la apicultura– Allí, siempre que el juego fracasa, siempre que el poder revela su impostura, cuando ni la religión, ni la política, ni la apicultura son capaces de orientar a los pueblos de Occidente, surge el dios oscuro que pide sangre y, desde hace dos mil años, ordena y reclama una víctima, aunque no necesariamente la del Pueblo Elegido.

Desde hace dos mil años es una continua denuncia de esta figura siniestra, una protesta incansable contra ella, realizada desde un sostenido esfuerzo por la salud del espíritu, por la ecuanimidad, la jovialidad, claridad y soledad. Y junto a esta protesta y denuncia, la vida fluye por el libro como el Danubio: a veces, plácida; otras, tumultuosa; siempre caudalosa y fecunda.

 Antonio Palao

 

   
 
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